

Un catalejo de bronce y madera del siglo XIX que perteneció al escritor Julio Verne (1828-1905), fue robado (el 29 de octubre de 2004) de la Biblioteca de México José Vasconcelos durante Los viajes extraordinarios, organizada para conmemorar el primer centenario
de la muerte del escritor francés.
En los tiempos actuales estamos acostumbrados a la irrupción vertiginosa, en la vida cotidiana, de los adelantos científicos y tecnológicos. De hecho, hemos llegado a considerar tal progresión como parte inherente a la naturaleza de la ciencia y tecnología. Siempre estamos en espera de que salga al mercado el último teléfono celular, la última generación en juegos de video, la computadora personal más ligera, el coche más veloz; en otras palabras, los seres humanos viven en la actualidad un cambio irreversible en la invención de cualquier aparato que transfiera alguna capacidad o habilidad humana desde el punto de aplicación hasta el punto de utilización, de una manera que aumente cada vez más su intensidad, dirección y experiencia.
Así como el afán de conocimientos ha sido rebasado por el mero uso tecnológico (aunque cada vez sabemos menos cómo funcionan los aparatos que nos rodean), la geografía del mundo –gracias a la revolución en informática y en
comunicaciones- es cosa más que sabida. Ha dejado de importar la ubicación de las personas para prestar atención al acceso a la tecnología adecuada para poder comunicarse y conocer. De esta manera, podemos entrar en contacto prácticamente con casi cualquier persona o cultura en el planeta.
Pero esto no siempre fue así. No hace mucho, la mayoría de la gente vivía y moría en la misma ciudad, en el mismo valle, en el mismo pedazo de tierra donde había nacido. Para ellos, todo lo que estuviera más allá del horizonte guardaba algo se exotismo, aventura y, por qué no, fantasía. Los cambios sociales, científicos y tecnológicos, a diferencia de la actualidad, se sucedían en el curso de varias vidas. La percepción de la vida –su transcurrir- era, por lo mismo, diferente. Se consideraba ésta más estática y estable. El tiempo, por su parte, era un concepto que estaba más en relación con el proceso orgánico de los hombres, las mujeres y el entorno natural que habitaban las sociedades de aquel entonces.
El hecho de que la literatura sea tan antigua como el hombre, es algo que ya lo sabemos todos. Y si bien la vida nos dicta la literatura, la vida suele ser rutinaria si no se le añade de vez en cuando un poco de imaginación. La literatura, en este sentido, proviene del instinto que llevamos todos consigo por narrar –la forma de contar, no lo que se cuenta-. No obstante, dentro del quehacer literario quizá lo más importante no sea el autor sino el lector. Tenemos una imperiosa necesidad
por escuchar historias (inventadas o no), y la literatura satisface esa sed de conciencia de ser libres de nuestra condición humana.
Esa necesidad por “vivir” lo que acontecía en tierras lejanas, aunque sea de manera literaria –como lectores- hizo nacer lo que conocemos como relatos de viajes y aventuras. ¿O no es acaso La Odisea de Homero, Simbad el Marino, Gulliver, De la Tierra a la Luna, y tantas otras historias sino relatos de viajes? Este espíritu de aventura, independiente del contexto histórico y del género de que se trate, es inherente al hombre, en el entendido de que nos remite a recuperar el asombro y la inocencia como parte de los elementos primarios que nos identifican y a través de los cuales nos reconocemos.
Sendos géneros –el de viajes y aventuras- nos han acompañado desde el que el hombre tiene fascinación por escuchar y relatar historias. Isaac Asimov (1920-1992), en el otoño de 1978, incluye como editorial de una revista un texto que relaciona la historia de aventuras con el género de la ciencia ficción al afirmar que precisamente el aspecto aventurero de éste no sólo aseguró su popularidad sino su supervivencia.
Así las cosas, podemos afirmar que el relato de viajes y aventuras son los padres del género de la ciencia ficción, en el mismo sentido de que los relatos de Julio Verne, considerado uno de los primeros escritores de este género cuando ni siquiera el propio término se había inventado (lo fue un cuarto de siglo después de que Verne muriera en Amiens, el 24 de marzo de 1905), son, a pesar de las disertaciones científicas que siempre incluía, relatos primordialmente de aventuras, no sólo en cuanto a su trama sino por su origen. Julio Verne lo expone así en una entrevista realizada en 1893:
He navegado por placer, pero siempre con los ojos bien abiertos a las ideas para los libros. Ésta es una preocupación constante y cada una de mis novelas se ha beneficiado de mis viajes.
Cita por demás incongruente con la vida sedentaria del escritor: Verne nunca salió de Francia. De hecho, siendo un adolescente, rebelde y propenso a la aventura, intenta un día fugarse de la rigurosa tutela paterna en un navío hacia la India. Pero su padre consigue detenerle en el mismo barco antes de partir, y además del severo castigo que le propinó: azotado con un látigo y encerrado a pan y agua, le obligó prometerle que nunca pretendería viajar más que con la imaginación. Y lo cumplió.
A semejanza del experimento educacional de Jacobo Rousseau (Emilio o la educación), el padre de Verne parece cuestionarse el mismo precepto paradójico del filósofo francés: “Nos preguntamos si es bueno que los jóvenes viajen y discutimos mucho sobre este particular. Si se plantease de otra manera la cuestión y preguntásemos si es bueno que los hombres hayan viajado, acaso no disputaríamos tanto.”
Desde aquel día, ese muchacho empezó a frecuentar las salas de lectura y, en particular, la Biblioteca Nacional donde lee sobre territorios exóticos y las ciencias. Estudia química, botánica, geología, mineralogía, geografía, oceanografía, astronomía, física, mecánica, balística... Su primo Henry Garcet le enseña matemáticas, y en el Círculo de Prensa Científica habla con cuantos exploradores, viajeros, periodistas y científicos se encuentre.
Así, la fuerza de una narración, producto exclusivo de la imaginación, es la que literalmente nos traslada junto con el autor a Transilvania (El castillo de los Cárpatos), al centro mismo de la tierra (Viaje al centro de la tierra), al fondo del mar (Veinte mil leguas de viaje submarino), en un viaje alrededor del mundo (La vuelta al mundo en ochenta días), a tierras incas (Martín Paz), al extremo sur del continente americano (Dos años de vacaciones, El faro del fin de mundo y Los náufragos del Jonathan), hasta un recorrido literario desde el puerto de Acapulco a la capital de México (Un drama en México o Los primeros navíos de la marina mexicana. Estudios históricos, que apareció en la revista francesa Musée des Familles en julio de 1851). Estos viajes extraordinarios cuyas fuentes eran esencialmente librescas nos hablan, a su vez, del mundo imaginario de un escritor europeo del sigo XIX, construido a partir de su lecturas y encuentros con viajeros, científicos y pensadores de la época.
Sin saberlo, este novel escritor estaba iniciando sus viajes extraordinarios. Así las cosas, una metáfora atraviesa la obra de Verne: el viaje. Dos espacios análogos: el espacio textual de los libros y el espacio físico del mundo. Viaje estacionario porque si viajar era como leer el gran libro del mundo, ahora leer es como viajar. Quizá por eso el equívoco generalizado por catalogar la obra de Julio Verne en el rubro de infantil y juvenil, debido, sobre todo, al hecho de que el asombro nos remite, sin lugar a dudas, a la inocencia de la infancia y de la adolescencia, así como al hecho de ver en la tutela pedagógica de los viajes una posibilidad por desarrollar una experiencia de formación.
No obstante lo anterior, en la educación contemporánea la experiencia como elemento de formación ha dejado de ser un rasgo fundamental. De ahí que ya no se percibe que la lectura y los viajes, es decir, la aventura, sea una experiencia formativa. En este sentido, leer o releer a Julio Verne es recuperar a través de la experiencia lectora, una experiencia de vida que ha caído en desuso. De hacer posible la aventura. Experiencia que, volvemos a señalar, no es formativa sino liberadora. “Un devenir extranjero aparte de los lugares y de los trayectos generalmente conocidos con el nombre de realidad” (J. Ranciére, 1990).
Pero no solamente las aventuras en dirección a lo desconocido es lo que coloca a Julio Verne como uno de los fundadores del género de ciencia ficción (al lado de H.G. Wells), sino, a la par del viaje imaginario, Verne nos invita a compartir una visión que merece el calificativo de científica. Así, la ciencia ficción existe en la literatura Verniana en el entendido de que no hay ciencia ficción mientras no hay ciencia.
Lo aparentemente fantástico deviene no del todo inverosímil a partir de que la ciencia aplicada, mediante el progreso de diversas técnicas, acercó esos otros mundos que anteriormente pertenecían al reino de las hadas al reino de lo posible. En este pensamiento científico se instaura la anticipación científica, ese equilibrio entre la ilusión fantástica y la verosimilitud científica (Jean Gattégno, 1971). Lo novedoso en las aventuras de Verne tiene como base, precisamente, la construcción de una hipótesis científica o técnica si bien aún no verificada del todo, pero construida a partir de una experiencia de la propia técnica. La verosimilitud literaria encuentra en lo plausible el terreno fértil para narrar historias asombrosas al igual que Cyrano de Bergerac (Viaje a la Luna), pero en el caso de Verne dentro de la posibilidad de verificación y, por ende, de aplicación acorde con las hipótesis científicas contemporáneas de su tiempo.
En El Castillo de los Cárpatos, Verne explica de manera por demás clara y precisa el pensamiento práctico y positivo del siglo XIX:
"Esto no es una narración fantástica, es tan sólo una narración novelesca. ¿Es preciso deducir que dada su inverosimilitud, no sea verdadera? Suponer esto sería un error. Pertenecemos a una época donde todo puede suceder. Casi tenemos el derecho de decir que todo acontece. Si nuestra narración no es verosímil hoy puede serlo mañana gracias a los descubrimientos científicos, tesoro del porvenir, y nadie opinará que sea considerada como leyenda."
Esta distinción en cuanto a que todo es explicable y nada es imposible en tanto la ciencia no lo haya intentado formó parte del pensamiento positivista (optimismo cientificista) que, con la Revolución Industrial descubrió para la opinión pública que el avance de la ciencia y la tecnología era acumulativo y, por consiguiente, cada avance implicaba otro avance más veloz. Si bien en los tiempos precientíficos la religión era el único medio que se tenía el ser humano para explicar su entorno, a partir de que el ritmo del cambio científico y tecnológico se hizo más rápido como para ser notado en el curso de una vida, el mago, el brujo y el sacerdote dejaron su lugar al hombre de ciencia (en lugar de encantamientos u oraciones a una determinada divinidad, son fórmulas y procedimientos científicos los que otorgan el poder de controlar el universo). Este pensamiento permeó la cultura occidental por varias décadas (para muchos motor de la historia o la religión), siendo que aún, en la actualidad, no deja de fascinar entre amplios sectores de la población, tomando como ejemplo lo popular que son las historias del género sobre todo en cine y televisión; aunque también es cierto que el personaje del científico se ha transformado (no es casualidad que en las historias recientes los científicos sean siempre los villanos).
Por lo que respecta al tratamiento que se dispensa al texto narrativo, a diferencia de Wells, en Verne, si bien hay una evolución en el manejo de conocimientos y de las técnicas, es conservadora en cuanto a costumbres y estructuras sociales. A Julio Verne no le interesa la evolución el grupo social y, por consiguiente, de la especie humana. Su éxito radica en emplear ciertos dispositivos científicos de su época y del futuro posible a sus “voyages extrardinaires”, sean estos en regiones polares, en el fondo del mar, en el centro de la Tierra o en la Luna. Así, los viajes de Verne fueron llamados, en su tiempo, “fantasías científicas” en Gran Bretaña, por ejemplo.
De vuelta con Isaac Asimov, si bien Julio Verne no fue el primer escritor de ciencia ficción, lo precede Mary Wollstonecraft Shelley, conocida por la popular novela: Frankestein o El Prometeo moderno (1818), sí lo considera en el sentido de ser el primer escritor que de alguna manera se especializó en dicho género y que, además, vivió de él.
Verne estudió leyes. Fue corredor de bolsa, y escribió piezas de teatro, libretos de ópera, historias y cuanto pudo. Todo esto sin mucha fortuna. En 1863, a mitad de su vida, escribió un libro titulado Cinco semanas en globo. Historia de un viaje en globo mucho más avanzado que los globos que se fabricaban en ese tiempo, y que resultó ser un éxito entre el público lector sediento de aventuras que fueran contadas desde la perspectiva optimista de la época. El resto es historia. Viajes extraordinarios, historias fantásticas, historias sorprendentes, historias asombrosas, ficción científica, historias de maravillas científicas, ficción especulativa, anticipación especulativa, ciencia ficción, no importa cómo se le nombre al universo literario que, en el caso de John W. Campbell, se refiere a todas las sociedades concebibles, pasadas y futuras, probables o improbables, verosímiles o fantásticas, que traen sobre todos los hechos y complicaciones posibles en esas sociedades, Julio Verne, escritor prolífico, pero al fin y al cabo, hombre de su tiempo, supo a pesar de su gran inventiva, ser un escritor prudente, después de todo, no era un científico.
Bibliografía consultada.-
• Asimov, Isaac, Sobre la ciencia ficción, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1999.
• Gattégno, Jean, La ciencia ficción, colección popular número 292, Fondo de Cultura Económica, México, 1985.
• Verne, Julio, El castillo de los Cárpatos, colección Clásicos para Hoy número 35, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México,1998.
• Verne, Julio, Un drama en México, sello Bermejo, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2004.
• Larrosa, Jorge, La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación, colección Espacios para la lectura, Fondo de Cultura Económica, México, 2003.
• De la Guerra, Francisco Emilio, México, el primer viaje extraordinario de Julio Verne, Correo del Maestro, Núm. 107, abril 2005.