jueves, 3 de diciembre de 2009

Últimas noticias: Presentación editorial de la novela histórica "La visita" de Agustín Ramos



El Instituto Estatal de la Cultura, a través del Centro de las Artes de Guanajuato, y en el marco del Seminario taller en novela histórica, tiene a bien invitar al público en general a la presentación editorial de la novela La visita, de Agustín Ramos, este viernes 4 de diciembre, a las 19:00 hrs., en el salón teórico. Entrada libre.



Ramos, AgustínNació en Tulancingo, Hidalgo, el 20 de julio de 1952. Narrador y ensayista. Estudió en la FFyL de la UNAM. Ha sido director general del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes-Hidalgo; secretario de redacción de Revista Mexicana de Cultura; coordinador de talleres particulares de narrativa y de los de Punto de Partida en la ENEP–Acatlán, Universidad Autónoma de Hidalgo y Universidad Autónoma Metropolitana. Colaborador de La Cultura en México, La Jornada Semanal, Letras Libres y El Financiero, entre otros. Fue becario del INBA/FONAPAS, en narrativa, 1981; obtuvo una beca especial otorgada por la revista Punto de Partida de la UNAM, una del Instituto Hidalguense de Cultura en 1988, y otra de la Fundación Rockefeller en 1992. Primer Premio del Concurso Nacional de Nuevo Bolero Mexicano 1980 organizado por RTC y Canal 13. Premio para Obra sobre Minería otorgada por la Compañía Real del Monte 1987. Mención Honorífica en el Concurso Nacional de Historia Regional 1991 convocado por el CONACULTA. Primer Premio Hidalgo de Periodismo 2003, género Columna. OBRA PUBLICADA: Cuento: El preso número cuatro, FCE, 2000. Ensayo: Río de estrellas, Compañía Real del Monte y Pachuca, 1988. La gran cruzada, CNCA, 1992. Manifiestos, Tusquets, Ensayo, 2003. Sonar de letras, Cuadernos de El Financiero, 2006. Novela: Al cielo por asalto, ERA, 1979. La vida no vale nada, Martín Casillas, 1982. Ahora que me acuerdo, Grijalbo, 1985. Tú eres Pedro, Joaquín Mortiz, Narradores Contemporáneos, 1996. La visita: un sueño de la razón, Océano, 2000. Como la vida misma, Tusquets, Andanzas, 2005. La noche, Tusquets, Andanzas, 2007.

Entrevista del mes

Entrevista 1 : Historias lectoras
Gerardo tiene 53 años, soltero, padre de dos hijos varones –13 y 9 años respectivamente-, ambos nacidos de diferentes madres. No obstante de obtener una licenciatura en contabilidad por la Escuela Bancaria Comercial, en la ciudad de México, nunca ha ejercido de manera cabal su profesión. Vive actualmente en el municipio de Salvatierra, Guanajuato, al cuidado de su padre de 89 años y se dedica a ser contratista de obras públicas.

Gerardo se considera un « no lector » a pesar de que reconoce que la lectura brinda cierta estabilidad socioprofesional. No tiene un recuerdo preciso sobre sus lecturas iniciales, aunque confiesa haber sido lector de historietas durante su infancia. Son escasos los libros que han significado algo importante en su vida. Por comentarios de dos de sus hermanas –él es el mayor de cuatro- sabemos que en la casa familiar se conocieron, por lo menos, las lecturas literarias que en rigor circulaban por aquel entonces en el ámbito escolar.

Aficionado al cine hollywoodense, el último libro que recuerda que lo entusiasmó fue El perfume de Patrick Süskind. La mayor parte de los conocimientos generales que ha obtenido en su edad adulta provienen de periódicos y revistas que han llegado a sus manos casi sin buscar. Nunca ha comprado un libro y desde que terminó su carrera no ha entrado a una biblioteca. Tiene un refrán que utiliza como frase de autosuperación personal : « Escucha, aprende y pregunta ».

Reportaje: Historias lectoras de Gto.


A la par de una trayectoria de vida encontraremos siempre una historia lectora. Relatos en donde leer o no leer va emparejado con otras necesidades vitales o existenciales: la familia, la escuela, el trabajo; criar a los hijos, ir al cine, comportarse en el salón de clase, aprender un oficio, trabajar en una oficina, dormir, distraerse. Esta actitud ante lo cotidiano nos muestra con claridad que todos experimentamos diferentes trayectoria de lectura. Ninguno es lector (o no lector) durante toda su vida; nadie conserva los mismos gustos, intereses o expectativas frente a la lectura. De hecho, no es descabellado afirmar que en la medida de que la lectura es un ir y venir –ida y vuelta- entre el lector y la escritura, todos somos, en cierta manera, lectores.

Cada relato de vida, entonces, es un encuentro con lo escrito, camino que conduce a la lectura o la aleja de ella. Martine Poulaine, en su intento por definir dicho momentos del encuentro, señala que “la lectura sólo puede comprenderse si se está dispuesto a escuchar bien lo que dicen sobre ella los que la ejercen”.

Prestemos, pues, atención a estos encuentros significativos que marcan la vida de un lector.


LA LECTURA COMO AVENTURA
“Mi primer acercamiento interesante con la lectura fue cuando un maestro -llamado Rogelio- nos leía historias o cuentos en la secundaria. Y lo hacía con tanta emoción, mímica y diferentes tonos de voz que lograba meterme dentro de la narración y empezar a aventurarme.” (Karla Vanesa Borda Mejía, 23 años, Salvatierra, Gto.)

EL HOGAR: LA PRIMERA LECTURA
“Mi primer contacto (con la lectura) fue cuando tenía cinco o seis años: mi mamá me leía cuentos antes de dormir.” (karen García Mayo, 29 años, Dr. Mora, Gto.)

COMPARTIR LA LECTURA
“Mi primera experiencia (con) la lectura [...] se remonta a los años cuarenta, cuando tenía 6 o 7 años. Mi padre nos llevaba a ver a mi abuelito, y mientras ellos jugaban al dominó o con la baraja, mi hermana –dos años mayor- y yo salíamos de la vecindad, y en la banqueta leíamos los cuentos que un señor vendía en la calle...” (Mercedes Pacheco Moreno, 68 años, Irapuato, Gto.)

Crónica: La calle está en el Centro


Desde hace algunos días, podemos decir que las calles en Salamanca lucen un poco diferentes. No. No se trata de si el tráfico de todos los días, sobre todo en las horas pico, ha desaparecido, o si el cielo ha abandonado esa tonalidad grisácea y ese regusto a refinería para ahora sí pertenecer a la región más transparente. Pero de pronto a uno lo invade una sensación diferente cuando la luz roja lo obliga a detenerse. Y no se trata de que si los tragafuegos –esos tradicionales personajes de la cultura urbana- hayan desaparecido de varias de las esquinas de esta ciudad., sino que por varios días un grupo de estos fuegueros decidieron por propia voluntad cambiar la calle por el Centro de las Artes de Guanajuato.

La razón: las ganas que tiene este grupo de chavos por aprender, por mejorar su nivel de calidad de vida, o simple y sencillamente por demostrarse a sí mismo que no sólo tiene habilidades sino que son capaces por interesarse en el quehacer escénico como un modo de vida, en lugar de ser un instrumento de sobrevivencia. Es así que, con una clara vocación de integración social, el Instituto Estatal de la Cultura, a través del Centro de las Artes de Guanajuato, ideó el surgimiento del primer Taller de Clown para fuegueros en el estado de Guanajuato, que actualmente imparte el reconocido actor y clown, Blas Villalpando, con una amplia trayectoria en agrupaciones como el Cirque du Soleil, además de ser fundador y director artístico del grupo Ozono.

Esta combinación de voluntades y talentos personificados en la vocación del Centro de las Artes de Guanajuato por apostar siempre a la profesionalización del quehacer artístico cultural, no sólo de los creadores en activo del estado, sino en todos aquellos actores de la sociedad civil (artesanos, niños, jóvenes, adultos mayores, padres de familia) que demuestran interés en vivir nuevas experiencias artísticas además de obtener otras habilidades y competencias dentro de alguna disciplina; la experiencia de Blas en el diseño y montaje de diversos espectáculos y variedades dirigidos para diferentes públicos en el contexto nacional e internacional; y la entusiasta participación de este grupo de jóvenes pertenecientes a uno de tantos sectores vulnerables de la población, son un claro ejemplo de que con una clara intención en cuanto a dirección y sentido, y con la ayuda de innovadores modelos en la enseñanza y aprendizaje en la educación artística, es posible que una gama de nuevas posibilidades con base en técnicas de “clown” (payaso), malabarismo y acrobacia, sean el mejor pretexto para potencializar y transformar la visión personal de cada joven que ve en cada esquina su universo particular.

Ensayo: Hacer posible una aventura



Un catalejo de bronce y madera del siglo XIX que perteneció al escritor Julio Verne (1828-1905), fue robado (el 29 de octubre de 2004) de la Biblioteca de México José Vasconcelos durante Los viajes extraordinarios, organizada para conmemorar el primer centenario
de la muerte del escritor francés.




En los tiempos actuales estamos acostumbrados a la irrupción vertiginosa, en la vida cotidiana, de los adelantos científicos y tecnológicos. De hecho, hemos llegado a considerar tal progresión como parte inherente a la naturaleza de la ciencia y tecnología. Siempre estamos en espera de que salga al mercado el último teléfono celular, la última generación en juegos de video, la computadora personal más ligera, el coche más veloz; en otras palabras, los seres humanos viven en la actualidad un cambio irreversible en la invención de cualquier aparato que transfiera alguna capacidad o habilidad humana desde el punto de aplicación hasta el punto de utilización, de una manera que aumente cada vez más su intensidad, dirección y experiencia.

Así como el afán de conocimientos ha sido rebasado por el mero uso tecnológico (aunque cada vez sabemos menos cómo funcionan los aparatos que nos rodean), la geografía del mundo –gracias a la revolución en informática y en
comunicaciones- es cosa más que sabida. Ha dejado de importar la ubicación de las personas para prestar atención al acceso a la tecnología adecuada para poder comunicarse y conocer. De esta manera, podemos entrar en contacto prácticamente con casi cualquier persona o cultura en el planeta.

Pero esto no siempre fue así. No hace mucho, la mayoría de la gente vivía y moría en la misma ciudad, en el mismo valle, en el mismo pedazo de tierra donde había nacido. Para ellos, todo lo que estuviera más allá del horizonte guardaba algo se exotismo, aventura y, por qué no, fantasía. Los cambios sociales, científicos y tecnológicos, a diferencia de la actualidad, se sucedían en el curso de varias vidas. La percepción de la vida –su transcurrir- era, por lo mismo, diferente. Se consideraba ésta más estática y estable. El tiempo, por su parte, era un concepto que estaba más en relación con el proceso orgánico de los hombres, las mujeres y el entorno natural que habitaban las sociedades de aquel entonces.

El hecho de que la literatura sea tan antigua como el hombre, es algo que ya lo sabemos todos. Y si bien la vida nos dicta la literatura, la vida suele ser rutinaria si no se le añade de vez en cuando un poco de imaginación. La literatura, en este sentido, proviene del instinto que llevamos todos consigo por narrar –la forma de contar, no lo que se cuenta-. No obstante, dentro del quehacer literario quizá lo más importante no sea el autor sino el lector. Tenemos una imperiosa necesidad
por escuchar historias (inventadas o no), y la literatura satisface esa sed de conciencia de ser libres de nuestra condición humana.

Esa necesidad por “vivir” lo que acontecía en tierras lejanas, aunque sea de manera literaria –como lectores- hizo nacer lo que conocemos como relatos de viajes y aventuras. ¿O no es acaso La Odisea de Homero, Simbad el Marino, Gulliver, De la Tierra a la Luna, y tantas otras historias sino relatos de viajes? Este espíritu de aventura, independiente del contexto histórico y del género de que se trate, es inherente al hombre, en el entendido de que nos remite a recuperar el asombro y la inocencia como parte de los elementos primarios que nos identifican y a través de los cuales nos reconocemos.

Sendos géneros –el de viajes y aventuras- nos han acompañado desde el que el hombre tiene fascinación por escuchar y relatar historias. Isaac Asimov (1920-1992), en el otoño de 1978, incluye como editorial de una revista un texto que relaciona la historia de aventuras con el género de la ciencia ficción al afirmar que precisamente el aspecto aventurero de éste no sólo aseguró su popularidad sino su supervivencia.

Así las cosas, podemos afirmar que el relato de viajes y aventuras son los padres del género de la ciencia ficción, en el mismo sentido de que los relatos de Julio Verne, considerado uno de los primeros escritores de este género cuando ni siquiera el propio término se había inventado (lo fue un cuarto de siglo después de que Verne muriera en Amiens, el 24 de marzo de 1905), son, a pesar de las disertaciones científicas que siempre incluía, relatos primordialmente de aventuras, no sólo en cuanto a su trama sino por su origen. Julio Verne lo expone así en una entrevista realizada en 1893:

He navegado por placer, pero siempre con los ojos bien abiertos a las ideas para los libros. Ésta es una preocupación constante y cada una de mis novelas se ha beneficiado de mis viajes.

Cita por demás incongruente con la vida sedentaria del escritor: Verne nunca salió de Francia. De hecho, siendo un adolescente, rebelde y propenso a la aventura, intenta un día fugarse de la rigurosa tutela paterna en un navío hacia la India. Pero su padre consigue detenerle en el mismo barco antes de partir, y además del severo castigo que le propinó: azotado con un látigo y encerrado a pan y agua, le obligó prometerle que nunca pretendería viajar más que con la imaginación. Y lo cumplió.

A semejanza del experimento educacional de Jacobo Rousseau (Emilio o la educación), el padre de Verne parece cuestionarse el mismo precepto paradójico del filósofo francés: “Nos preguntamos si es bueno que los jóvenes viajen y discutimos mucho sobre este particular. Si se plantease de otra manera la cuestión y preguntásemos si es bueno que los hombres hayan viajado, acaso no disputaríamos tanto.”

Desde aquel día, ese muchacho empezó a frecuentar las salas de lectura y, en particular, la Biblioteca Nacional donde lee sobre territorios exóticos y las ciencias. Estudia química, botánica, geología, mineralogía, geografía, oceanografía, astronomía, física, mecánica, balística... Su primo Henry Garcet le enseña matemáticas, y en el Círculo de Prensa Científica habla con cuantos exploradores, viajeros, periodistas y científicos se encuentre.

Así, la fuerza de una narración, producto exclusivo de la imaginación, es la que literalmente nos traslada junto con el autor a Transilvania (El castillo de los Cárpatos), al centro mismo de la tierra (Viaje al centro de la tierra), al fondo del mar (Veinte mil leguas de viaje submarino), en un viaje alrededor del mundo (La vuelta al mundo en ochenta días), a tierras incas (Martín Paz), al extremo sur del continente americano (Dos años de vacaciones, El faro del fin de mundo y Los náufragos del Jonathan), hasta un recorrido literario desde el puerto de Acapulco a la capital de México (Un drama en México o Los primeros navíos de la marina mexicana. Estudios históricos, que apareció en la revista francesa Musée des Familles en julio de 1851). Estos viajes extraordinarios cuyas fuentes eran esencialmente librescas nos hablan, a su vez, del mundo imaginario de un escritor europeo del sigo XIX, construido a partir de su lecturas y encuentros con viajeros, científicos y pensadores de la época.

Sin saberlo, este novel escritor estaba iniciando sus viajes extraordinarios. Así las cosas, una metáfora atraviesa la obra de Verne: el viaje. Dos espacios análogos: el espacio textual de los libros y el espacio físico del mundo. Viaje estacionario porque si viajar era como leer el gran libro del mundo, ahora leer es como viajar. Quizá por eso el equívoco generalizado por catalogar la obra de Julio Verne en el rubro de infantil y juvenil, debido, sobre todo, al hecho de que el asombro nos remite, sin lugar a dudas, a la inocencia de la infancia y de la adolescencia, así como al hecho de ver en la tutela pedagógica de los viajes una posibilidad por desarrollar una experiencia de formación.

No obstante lo anterior, en la educación contemporánea la experiencia como elemento de formación ha dejado de ser un rasgo fundamental. De ahí que ya no se percibe que la lectura y los viajes, es decir, la aventura, sea una experiencia formativa. En este sentido, leer o releer a Julio Verne es recuperar a través de la experiencia lectora, una experiencia de vida que ha caído en desuso. De hacer posible la aventura. Experiencia que, volvemos a señalar, no es formativa sino liberadora. “Un devenir extranjero aparte de los lugares y de los trayectos generalmente conocidos con el nombre de realidad” (J. Ranciére, 1990).


Pero no solamente las aventuras en dirección a lo desconocido es lo que coloca a Julio Verne como uno de los fundadores del género de ciencia ficción (al lado de H.G. Wells), sino, a la par del viaje imaginario, Verne nos invita a compartir una visión que merece el calificativo de científica. Así, la ciencia ficción existe en la literatura Verniana en el entendido de que no hay ciencia ficción mientras no hay ciencia.

Lo aparentemente fantástico deviene no del todo inverosímil a partir de que la ciencia aplicada, mediante el progreso de diversas técnicas, acercó esos otros mundos que anteriormente pertenecían al reino de las hadas al reino de lo posible. En este pensamiento científico se instaura la anticipación científica, ese equilibrio entre la ilusión fantástica y la verosimilitud científica (Jean Gattégno, 1971). Lo novedoso en las aventuras de Verne tiene como base, precisamente, la construcción de una hipótesis científica o técnica si bien aún no verificada del todo, pero construida a partir de una experiencia de la propia técnica. La verosimilitud literaria encuentra en lo plausible el terreno fértil para narrar historias asombrosas al igual que Cyrano de Bergerac (Viaje a la Luna), pero en el caso de Verne dentro de la posibilidad de verificación y, por ende, de aplicación acorde con las hipótesis científicas contemporáneas de su tiempo.

En El Castillo de los Cárpatos, Verne explica de manera por demás clara y precisa el pensamiento práctico y positivo del siglo XIX:

"Esto no es una narración fantástica, es tan sólo una narración novelesca. ¿Es preciso deducir que dada su inverosimilitud, no sea verdadera? Suponer esto sería un error. Pertenecemos a una época donde todo puede suceder. Casi tenemos el derecho de decir que todo acontece. Si nuestra narración no es verosímil hoy puede serlo mañana gracias a los descubrimientos científicos, tesoro del porvenir, y nadie opinará que sea considerada como leyenda."

Esta distinción en cuanto a que todo es explicable y nada es imposible en tanto la ciencia no lo haya intentado formó parte del pensamiento positivista (optimismo cientificista) que, con la Revolución Industrial descubrió para la opinión pública que el avance de la ciencia y la tecnología era acumulativo y, por consiguiente, cada avance implicaba otro avance más veloz. Si bien en los tiempos precientíficos la religión era el único medio que se tenía el ser humano para explicar su entorno, a partir de que el ritmo del cambio científico y tecnológico se hizo más rápido como para ser notado en el curso de una vida, el mago, el brujo y el sacerdote dejaron su lugar al hombre de ciencia (en lugar de encantamientos u oraciones a una determinada divinidad, son fórmulas y procedimientos científicos los que otorgan el poder de controlar el universo). Este pensamiento permeó la cultura occidental por varias décadas (para muchos motor de la historia o la religión), siendo que aún, en la actualidad, no deja de fascinar entre amplios sectores de la población, tomando como ejemplo lo popular que son las historias del género sobre todo en cine y televisión; aunque también es cierto que el personaje del científico se ha transformado (no es casualidad que en las historias recientes los científicos sean siempre los villanos).

Por lo que respecta al tratamiento que se dispensa al texto narrativo, a diferencia de Wells, en Verne, si bien hay una evolución en el manejo de conocimientos y de las técnicas, es conservadora en cuanto a costumbres y estructuras sociales. A Julio Verne no le interesa la evolución el grupo social y, por consiguiente, de la especie humana. Su éxito radica en emplear ciertos dispositivos científicos de su época y del futuro posible a sus “voyages extrardinaires”, sean estos en regiones polares, en el fondo del mar, en el centro de la Tierra o en la Luna. Así, los viajes de Verne fueron llamados, en su tiempo, “fantasías científicas” en Gran Bretaña, por ejemplo.

De vuelta con Isaac Asimov, si bien Julio Verne no fue el primer escritor de ciencia ficción, lo precede Mary Wollstonecraft Shelley, conocida por la popular novela: Frankestein o El Prometeo moderno (1818), sí lo considera en el sentido de ser el primer escritor que de alguna manera se especializó en dicho género y que, además, vivió de él.

Verne estudió leyes. Fue corredor de bolsa, y escribió piezas de teatro, libretos de ópera, historias y cuanto pudo. Todo esto sin mucha fortuna. En 1863, a mitad de su vida, escribió un libro titulado Cinco semanas en globo. Historia de un viaje en globo mucho más avanzado que los globos que se fabricaban en ese tiempo, y que resultó ser un éxito entre el público lector sediento de aventuras que fueran contadas desde la perspectiva optimista de la época. El resto es historia. Viajes extraordinarios, historias fantásticas, historias sorprendentes, historias asombrosas, ficción científica, historias de maravillas científicas, ficción especulativa, anticipación especulativa, ciencia ficción, no importa cómo se le nombre al universo literario que, en el caso de John W. Campbell, se refiere a todas las sociedades concebibles, pasadas y futuras, probables o improbables, verosímiles o fantásticas, que traen sobre todos los hechos y complicaciones posibles en esas sociedades, Julio Verne, escritor prolífico, pero al fin y al cabo, hombre de su tiempo, supo a pesar de su gran inventiva, ser un escritor prudente, después de todo, no era un científico.

Bibliografía consultada.-

• Asimov, Isaac, Sobre la ciencia ficción, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1999.
• Gattégno, Jean, La ciencia ficción, colección popular número 292, Fondo de Cultura Económica, México, 1985.
• Verne, Julio, El castillo de los Cárpatos, colección Clásicos para Hoy número 35, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México,1998.
• Verne, Julio, Un drama en México, sello Bermejo, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2004.
• Larrosa, Jorge, La experiencia de la lectura. Estudios sobre literatura y formación, colección Espacios para la lectura, Fondo de Cultura Económica, México, 2003.
• De la Guerra, Francisco Emilio, México, el primer viaje extraordinario de Julio Verne, Correo del Maestro, Núm. 107, abril 2005.

Reseña: Tirofijo

¿Cómo se gesta la gesta?
Evodio Escalante


No hace falta incursionar por las revistas literarias de México del siglo XIX y XX para asistir no sólo al nacimiento y muerte de innumerables iniciativas editoriales, en su mayoría con visibles muestras de buenas intenciones, sino, a su vez, al hecho de que los escritores siguen escribiendo en el aislamiento y, en consecuencia, padeciendo la incomunicación con el público lector.

Tal indiferencia por la cultura escrita que tiene salida en revistas y suplementos culturales, nos hemos acostumbrado en adjudicarla al público que no logra entender nuestro espíritu editorial, subestimando con ello su capacidad de gozo y disfrute de lo literario.

El por qué nace una revista lo podemos resumir en el intento por conciliar diversas tendencias creativas y hacerlas concordar en impulsar el quehacer literario mediante un medio de expresión. Pero al mismo tiempo es entrar en sintonía con las necesidades de los potenciales lectores a quienes se piensa dirigir la atención. Es un hecho que a ese público le interesa muy poco las estériles rencillas entre diferentes credos.

Antonio Alatorre hace mención del flujo y reflujo que hay entre experiencia literaria y placer literario. Por su parte, Alfonso Reyes en La experiencia literaria muestra cómo la literatura tiene más que ver con el placer que con la solemnidad y el aburrimiento.

Sin darle muchas vueltas, es fácil deducir que las palabras claves son: experiencia y placer, es decir, las esperanzas, deseos y realizaciones que motiva una revista; y que, no es otra cosa, que un determinado ambiente cultural.

En este sentido, la aparición de Tirofijo, revista cultural del bajío, es un esfuerzo editorial de puertas abiertas del Grupo Ochocientos a cargo de Dorian F. Cano y Juancarlos Porras que, desde su primer número (Verano 2008), apuesta por varios de los postulados (sueños guajiros diría Huberto Batis) que debe cumplir cualquier revista que intente ser algo más que un espacio para publicar a los cuates. Una especie de arcadia literaria en donde la revista pueda vivir de sus ventas, ser un espacio abierto, independiente de cualquier filiación de grupo, y que apele a la madurez de la sociedad civil.

Si bien el panorama para la mayoría de las revistas de esta índole está exactamente al revés, lo que aporta Tirofijo como espacio cultural -en esta primera salida con las colaboraciones de Edgard Cardoza, Gerardo Deniz, Francisco González, Juan Domingo Argüelles, Roberto Fernández Retamar, Herminio Martínez, Adolfo Castañón, Bernardo Monroy, Mariano González-Leal Messina, Jaro Godoy, Ninfa del Carmen, Miguel Cibrián, Adriano Rémura, Alberto Isakï y Juan Gelman-, es la oportunidad de adentrarnos en esta primera entrega como si fuera el principio de una novela colectiva que espero tengamos mucho por leer todavía.

Tirofijo, revista cultural del bajío. Año I. Número 00. Verano 2008, León, Gto.

El perfil del día de hoy






SAMO* is dead o en los museos no hay hombres negros






por Raúl Bravo






Él sueña con los balbuceos de ella,con sus modales de pájaro,
con su dulce ser. De todo ello es el dueño.
Subtítulo tomado de la película muda de D.W. Griffith, Capullos rotos.



“Él huele a cuero, a pintura de aceite, a tabaco, a marihuana y al metálico y adormecedor olor de la cocaína. Usa suéteres de lana hechos a man


o y largos sarapes mexicanos. Nunca camina en línea recta; zigzaguea, vaya por donde vaya.” Así, Jennifer Clement describe en La viuda Basquiat (2000) al prototipo del genio romántico, rebelde y salvaje de los ochenta: Jean-Michel Basquiat.

Hijo de un padre proveniente de Haití y madre de origen puertorriqueño, Basquiat abandonó a temprana edad el desgarrado núcleo familiar para vivir como homeless en “las bancas del Washington Square Park y en los sillones de sus amigos”. Autodidacta por convicción, tuvo contacto con la subcultura de los barrios bajo neoyorquinos; drogas y bandas callejeras fueron sus primeros compañeros de viaje.


“Vicky era una frágil jovencita tartamuda. Trafica heroína en la calle Primera. Ha leído todo y puede citar de memoria a Dostoievski. ”Lili Dones diseña menús para los restaurantes del East Village y excéntricas tarjetas de felicitación. Se viste ‘a lo Marlyn Monroe’. Su tío se pegó un tiro, en el baño, después de que salieron de Cuba. Ella todavía escucha en su cabeza el sonido del balazo. Ella huele a azúcar de caña.
“Hal Ludacer es más hermoso que Greta Garbo.
[...]
“Z. Era prostituta en Japón. Edit Dewak es más vieja que cualquiera. Es húngara. Todos frecuentan su estudio de la calle Wooster. Dice que una vez se comunicó con una pantera en un zoológico de Hungría.
[...]
“Lady Pink es la única mujer artista del graffiti. Pinta con aerosol a los mininos.”


A finales de los años sesenta, jóvenes de los barrios de Brooklyn y del Bronx empezaron a cubrir las paredes de los espacios públicos (anuncios publicitarios, andenes, vagones del metro) de garabatos, dibujos, huellas y marcas con algunos códigos privados, como una manera de dar rienda suelta al desencanto y malestar de una generación, y con la intención de apropiarse de su entorno a través de afirmar su identidad. Había nacido el Graffiti.

Basquiat, dedicado al graffiti a pesar de haber manifestado en alguna ocasión que su trabajo nada tenía que ver con esa expresión urbana, sino con la pintura, tenía una intensa curiosidad intelectual que lo aproximó a una verdadera fascinación por el expresionismo abstracto, mejor conocido como neoexpresionismo. Artista marginal desvinculado en sus inicios de la mainstream (es decir, curador/museo/crítico). Conoce a Andy Warhol, quien lo acepta en su círculo.

A manera de pistas, y a través de Suzanne, quien lee La náusea de Sartre -cigarrera del Ritz, cantinera en “un bar muy lóbrego, sórdido donde los taxistas se detenían por la tarde a beber una cerveza y donde merodeaban los alcohólicos todo el día”-, es posible adentrarnos en el universo caótico y paranoico de quien “Reconoce el sonido de una bofetada contra su mejilla y el sabor de la sangre”, en su lucha por hacerse de su propio sitio en el mundo del arte de los blancos. Su pintura estaba inspirada en músicos de jazz, con quienes se identificaba: “Muchos de los primeros artistas de jazz ni siquiera podían, desde luego, entrar por la puerta principal de los hoteles o de los clubes donde tocaban y tenían que hacerlo por la puerta trasera o por la cocina”.

Su pasión por la música (Miles Davis, Charlie Parker, Dizzie Gillespie, Billi Holliday), lo llevó a producir música de rap. El paso de su vida por la alta sociedad del arte, el espectáculo y la música fue por demás fugaz, debido a que Basquiat siempre se drogó, nunca se detuvo.

El doce de agosto de 1988, le encontraron muerto en su apartamento a causa de una sobredosis. Este “niño radiante”, que intentó que la gente se fijara en él, incitándola mediante el uso de símbolos fuera de contexto, tenía 28 años cuando su apartamento se llenó de una sensación extraña, una sensación de quietud, como si estuviera bajo el agua.


“Un día, dice:
-Suzanne, ya casi soy un pintor famoso y no sé dibujar.
¿Crees que deba preocuparme?-
Bueno, pues aprende y no habrá problema.”


La viuda de Basquiat (Selección), Jennifer Clement, Col. La Centena Narrativa, Dirección General de Publicaciones del Conaculta, México, 2003.
(*) Basquiat se hacía llamar “SAMO”; era su apodo callejero. Renunció a él cuando ya no quiso ser parte de las calles. Significa: Same old shit (Misma vieja mierda).